domingo, 17 de febrero de 2013

Desconfianza sobre el compre local

  Desconfianza sobre que el no “comprar local” produzca desempleo
  Es difícil darse cuenta de que el comprar todo exterior produzca desempleo, porque en todas partes hay empleo y desempleo, sin hacerse evidente que importe cuánto se compra de local y de cuánto se compre de exterior. Hasta hay lugares donde se compra mucho importado y, sin embargo, el desempleo no es tan alto (Ejemplo: Capital Federal). Pero los hechos económicos ocurren

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por la intervención de muchas variables y eso confunde los razonamientos. Conviene más examinar esas variables una por una, tratando de evitar mezclas que impiden llegar a conclusiones indiscutibles.

  En una escuela se disgustan con la tiza que compraron y se vuelcan a comprar tiza importada. Pésima medida: quieren darle un futuro feliz a los alumnos y ya les están quitando trabajo para cuando se gradúen.

  Cuando se aumentan los sueldos y aumentan los precios manteniendo intacta la relación entre sueldos y precios, y se mantiene el valor del dólar, se aumentaría el desempleo porque se comprarían más productos importados, que mejoran sus precios relativos en tales situaciones.

  No es lo mismo el producto de consumo final que la herramienta, que se emplea en un estadio intermedio. Si un dentista utiliza una pasta para obturar las caries de los dientes de sus pacientes y, por “comprar local”, sus obturaciones duran el 80% de lo que duran la realizadas con productos exteriores, entonces no debe “comprar local”, aún cuando el producto sea más barato, porque está poniendo en peligro su profesión, a menos que aclare al paciente que usará un producto local de menor duración pero que, en compensación, le cobrará menos el trabajo . Si un mecánico arregla una parte de un automóvil para lo cual debe poner mucha mano de obra, como reparar un embrague, y los repuestos de reparación locales le duran el 80% de lo que le duran los exteriores, no debe “comprar local”, a menos que le aclare al cliente la situación y le cobre menos la mano de obra. Pasa en esto como cuando le implantan a alguien un marcapasos: tiene que durar el mayor tiempo posible, para correr menos veces el riesgo de la implantación.
  Lo mismo ocurre con las armas de guerra: deben ser lo más seguras posible, porque de ellas depende la supervivencia de uno. Tampoco aquí cabe el “compre local”: hay que elegir lo mejor.

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  Si una herramienta local no logra una precisión aceptable para un producto, debe usarse una exterior, pero si la precisión es aceptable aunque la exterior tenga precisión superior, convendría que se use la local. El “compre local” tiene un límite para las herramientas, pero no lo tiene para los artículos destinados a consumo, como galletitas, caramelos, leche en polvo, atún enlatado, linternas, cochecitos de bebés, bicicletas, limpiaparabrisas, pinturas, lápiz labial, cuadernos, sábanas, camisetas, pantalones, hilo de coser, etc., etc., en cuyo caso“comprar local”, aunque sea un poco más caro, es, indudablemente, más beneficioso.

  La primera lección de Economía en todas las escuelas, desde la primaria, debería ser: “el que compra exterior aumenta el desempleo”.

  En el fondo, lo que queremos aquí es que la Economía que los grandes economistas piensan para un mundo globalizado se realice, en la misma forma, en pequeño, familia por familia, municipio por municipio. Tal como es la relación entre personas. La relación entre países es débil, entre provincias no tanto, etc. Y dentro de la familia es la más fuerte. Así debiera ser en la Economía: las relaciones comerciales dentro de la familia deben ser las más fuertes, dentro del municipio algo menos, etc. Esta es la pretensión última del “compre local”.

  El hecho de que no todos los habitantes sigan una conducta no invalida la tarea de los que sí siguen la conducta. Es cierto que hay conductores que no obedecen los semáforos, pero muchos los obedecen y eso le da al tránsito cierto orden. Lo mismo pasa con las normas sociales: los que las siguen hacen que nuestra sociedad  no sea un desorden. Aún cuando no todos “compren local”, igualmente el hecho de que un porcentaje de la población lo haga (por ejemplo, el 75%) puede producir cambios significativos en el desenvolvimiento económico de una localidad.

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  Al arte local y, al mismo tiempo, a la economía local, se lo apoya yendo a ver películas locales, cantantes locales, etc. y no criticando a los funcionarios porque el presupuesto cultural es exiguo. Además, el ver películas extranjeras, ver series de televisión extranjeras, comprar cuadros de pintores extranjeros, comprar discos de músicos extranjeros, aumentaría el desempleo en Argentina, como las compras de cualesquiera otros productos extranjeros.

  Debería ser aceptable que un patrón discrimine al brindar empleo a un asalariado que compra productos exteriores con preferencia a los locales, ya que esas compras perjudican a todas las empresas del municipio y perjudicaría, indirectamente, a la empresa donde ese asalariado trabajaría. Es inconcebible que una fábrica del municipio le de un salario a una persona para que ella lo utilice en la compra de productos exteriores, destruyendo así a las fábricas del municipio por falta de ventas.

  Si nos abstuviéramos de recomendar, para un puesto de trabajo, a alguien que compra casi todo exterior o de fábricas grandes,¿estaríamos procediendo mal? No, porque estaríamos cuidando nuestros propios puestos de trabajo.

  Las comidas de beneficencia en escuelas, barrios, en que las amas de casa hacen empanadas, pasta frola, etc. y luego se venden entre vecinos son, en realidad, formas disimuladas del “compre local”.

  Con que el 20% de los compradores abrace el “compre local” ya se ahorra el 20% de las divisas y se ayuda al gobierno en las negociaciones por la deuda externa.

  El completar el sueldo con productos de la fábrica en que uno es operario, con factura de la panadería de la que uno es repartidor,

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con viajes gratis en la línea de colectivos en la que uno es conductor, son diversas formas del “compre local”.

   Homero Manzi, poeta argentino de merecida fama, sostenía que, aunque nosotros fabricáramos algún producto con menos calidad que los europeos, nos convenía comprar el nuestro, porque eso permitía que fuéramos haciendo el producto cada vez mejor. Esto es similar a lo que sostenemos en este libro.

  El “compre local” produciría el verdadero federalismo, porque fortificaría a las provincias pobres y acercaría las magnitudes de sus poderes a la magnitud del poder central.

  Propaganda política de un intendente: “Usted “compre local”. De lo demás me encargo yo”. Creemos que sería un buen eslogan para una campaña política: el “compre local” le daría un basamento económico firme a cualquier intendente.

  Hay quienes dicen que el “compre local” podría mantener a las fábricas del municipio en un nivel artesanal, pero si en ese nivel artesanal fabricáramos  circuitos integrados,¿de qué podríamos quejarnos?

  Expresiones sucesivas de un mismo señor (extraídas de la realidad) a lo largo de veinte años:
a)      Compré un JVC japonés. Está barato. Viajé a Europa. Un plan barato.
b)      Compré mucho importado. Es barato y bueno.
c)      Cerré mi empresita. Estoy de remisero.
d)      Le dije a mi hijo: “Cuando te recibas andate a otro país. Aquí no pasa nada.”
  Esto está extraído de la realidad y se puede aplicar a muchas personas argentinas que conocemos. Algunas tenían sus propias empresas, otras tenían buenos puestos en empresas que andaban

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bien. Ninguna de ellas tiene idea del “compre local”. Más bien lo
miran con recelo, aunque lo consideran lógico.

  Nos sedujeron induciéndonos a consumir productos manufacturados de otros países y nosotros nos dejamos seducir. Y ahora exclamamos: “¡Hay que pagar la deuda externa! ¿Qué hacemos?” Y nuestros acreedores nos dicen: “Eso es problema de ustedes, no nuestro”.

  Lo que dice el escritor Galeano en “Las venas abiertas de América Latina” de que la oligarquía peruana se daba una vida llena de lujos gracias a la exportación de guano debe ser completada con “gastaba todo en productos extranjeros”. Si lo hubiera gastado en productos peruanos tal vez Perú se hubiera industrializado. Los oligarcas peruanos podrían haber enriquecido a su propia industria y armado un ejército poderoso, porque sólo una buena industria produce un buen ejército.

  La picardía de que hacían gala nuestros  mayores al  decir “estoy elegante porque mi traje es de casimir inglés”, cuando les señalaban que estaban bien vestidos, era lo que hacía que nuestros  padres no consiguieran trabajo, debido a los que compraban cosas importadas, como el casimir inglés.

  El productor extranjero vende un producto, pero no le da trabajo al comprador. El vendedor local vende un producto y le da trabajo al comprador. No es necesario ser demasiado inteligente para darse cuenta de qué es conveniente comprar.

  Uno cree que al terminar la compra terminó todo. Pero no es así: después de la compra viene la reposición. Si el que hace la reposición es un fabricante local, tenemos trabajo. Si es un fabricante extranjero quedamos desocupados.

  Ojo: el comprar extranjero no reduce nuestras riquezas; las

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aumenta. Nos equipamos: tenemos video-cassetteras, televisores color, lavarropas automáticos, etc. importados. Pero perdemos nuestras máquinas de generar riquezas, que son nuestras industrias. Y al no tener industrias nos empobrecemos.

  Pusieron cable hace poco en una localidad del interior. Todo el mundo contento, pero sin calcular que el dinero que sale de la localidad por el pago de los abonos de cable no se repone con dinero extra que entre en la localidad y que eso hará que las compras que se harían en la localidad con ese dinero no se harán. Disminuirán las ventas, se fabricará menos y algunas personas quedarán sin empleo, y le echarán la culpa al gobierno. Uno se empobrece con el cable, pero teniendo todas las comodidades. Algo así como un noble venido a menos, que poco a poco va perdiendo sus posesiones. Nos da pena la gente de esa localidad Parece tener más y tendrá menos, y lo peor es que no entenderá por qué.

  En Misiones (Posadas) las emisoras de radio son repetidoras de las de Buenos Aires. Tal vez porque a los habitantes de Posadas les gusten más que las locales pero, ¿saben estos habitantes que parte de sus sueldos se van en el pago a las radios  de Buenos Aires y parte de sus empleos también?

  Escuchamos a un señor: “Hay que introducir en nuestros provincianos la cultura del trabajo para que no pasen hambre y para que no esperen que el Estado los auxilie”. No estamos de acuerdo: hay que introducir en nuestros provincianos la cultura del “compre local”.(Que es, en última instancia, la cultura del trabajo propio, siendo el “compre extranjero”, la cultura del trabajo ajeno).

  Cuando una fábrica extranjera fabrica pan en Argentina, los argentinos ponemos la harina , el agua, la mano de obra, la levadura, la electricidad y, sin embargo, la fábrica extranjera se lleva al exterior el 20% que obtiene de ganancias, o sea que el pan

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que compramos es, en un 20%, importado. Lo mismo pasa con las demás empresas extranjeras que fabrican bienes para nuestro consumo interno.¿No tendríamos que cambiar de conducta los compradores? Importamos hasta cuando no importamos. Y estamos importando pan, cuya fabricación es trivial, no televisores ni computadoras.

  El fabricante no produce para el beneficio del comprador, sino para su propio beneficio. Ofrece más barato y mejor, no porque esto le convenga mayormente al comprador, sino porque así logra más mercado y perjudica a sus competidores. Sin embargo, sin querer, el fabricante trabaja para el beneficio del comprador, porque produce cosas que el comprador necesita para vivir mejor (leche en polvo, peinetas, mermeladas, máquinas de lavar, etc). A veces, las menos, también las hace queriendo, como cuando mejora por su cuenta un producto. El problema para fabricante y comprador se presenta cuando otro fabricante le disputa al primero los favores del comprador. Si el nuevo fabricante es de otra zona (del mismo país o de otro país) y vence al primer fabricante obligándolo a cerrar, entonces la zona en que vive el comprador se queda con una fábrica menos y, por lo tanto, con una fuente menos de trabajo. De aquí que la fidelidad del comprador a las fábricas locales tiene una importancia que puede ser mucho mayor que el precio del producto. Hay que cuidar al proveedor, como si el comprador fuera también dueño. Y esto es la base del “compre local”. No sólo hay que hacer las compras para pertrecharse. También hay que hacerlas para sobrevivir.

  ¿Por qué competir? El Capitalismo nos obliga a competir, pero tal vez podamos competir no en todos los planos, sino sólo en los que corresponda. No es necesario que una fábrica de galletitas local compita con una fábrica internacional de galletitas. No es necesario en absoluto. Si el comprador quiere mantener sus fuentes de trabajo debe “comprar local”, no debe permitir que las fábricas del lugar donde vive entren en competencia con fábricas

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monstruosas que le van a permitir comprar más barato pero le van a quitar su fuente de trabajo (y de nada vale que las cosas sean baratas si no se tiene un sueldo para comprarlas). La competencia es buena sólo entre PYMES locales.

  Cuanto más fábricas haya en la localidad y cuanto más alta tecnología se utilice  en ellas, mejor es para la educación de los niños, que son estimulados a logros en que no son estimulados en localidades sórdidas, sin otra cosa que palas, azadas, arados y cacerolas. Esto no aparece en los textos dedicados a la educación. Al menos no como cosa fundamental. El niño que está rodeado por objetos más sofisticados empieza su educación desde más arriba que el que crece en un lugar con cosas sin sofisticación. Por ejemplo, el que tengan en la casa un teléfono o no ya da una forma diferente de enfocar las cosas en el niño. Por eso el buscar aumentar el número de fábricas en cada municipio por medio del “compre local” nos agregaría una nueva ventaja: permitiría una mejor educación de los niños.

  Un economista español opinó, a principios de 2001, sobre la economía argentina, que los inversores españoles les brindan servicios a los argentinos que pueden pagar, que son un millón de personas que tienen sueldos altos y que los demás argentinos no interesan. Nos regalan las razones, a los compradores pobres, para dejar de comprar productos españoles y “comprar local”.
  Confesamos que no nos diferenciamos demasiado de la forma de pensar del economista español: hace un tiempo queríamos fabricar unas mesitas paquetas pero caras, y se nos ocurrió que no íbamos a tener mucha gente a quien vendérselas, y de ahí pensamos en que sólo teníamos posibilidades en la gente de buena posición económica. Así que excluimos del consumo de nuestras mesitas a la gente de bajos ingresos. Para ser honestos, deberíamos haber tratado de fabricar mesitas más económicas para la gente de bajos ingresos, pero no excluirla. En estas condiciones el que “no comprara local” no sería excluido: se autoexcluiría, porque con sus compras favorecería a empresas que lo excluyen a él. Para que

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 haya menos excluidos (léase “desocupados”), se deduce que una solución podría ser la adopción del “compre local”.

  La búsqueda de la excelencia por el comprador es lo que lo lleva a la miseria. Buscando lo mejor se compra lo exterior, que empobrece. Buscando la mejor tecnología nuestros empresarios compran tecnología en el exterior y dejan sin trabajo a nuestros investigadores. Es mucho mejor acostumbrarse a consumir lo que se puede hacer en el municipio donde uno vive. Para eso está el “compre local”: más vale regular para muchos que bueno para pocos. La excelencia sólo debiera ser para cosas en las que está la vida en juego: armas de guerra y atención médica.

  La erradicación de la pobreza no parece ser un tema interesante para los políticos ni para los científicos. El “compre local” tendería, frontalmente, a erradicar la pobreza, al brindarle a todos mayores posibilidades de tener empleo, sin necesidad de apelar a la política ni a la ciencia..

  Desempleo por compras a proveedores grandes
  Convendría ver si el comprar productos exteriores es la única causa de desempleo, porque no explicaría el hecho de que hay países industrializados con altos índices de desempleo, como Alemania y Francia, que consumen manufacturas importadas, pero también las exportan, lo cual compensa, como ya vimos. De modo que, en esos países, habría que buscar otras razones para el desempleo. Se nos aparece, como posible, el grandor de sus fábricas, porque el desempleo creció al crecer el tamaño de las fábricas, al fusionarse entre sí para formar fábricas más grandes. También podría influir el tamaño de los comercios que, de pequeños locales minoristas, han pasado, en gran medida, a ser supermercados, que son grandes comercios minoristas. La razón no está tan a la vista, y consistiría en que las fábricas grandes y los supermercados producen mucho ahorro de dinero y esto genera desempleo. Esto ya fue demostrado por el economista Keynes: el ahorro de dinero produce desempleo.

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  Podemos ensayar un modelo que parece satisfactorio: un estanciero trabaja junto con sus peones, a los cuales paga con los productos que fabrican conjuntamente (alimentos, zapatos, cuerdas, látigos, cacerolas de barro, ropas, telas, monturas, bicicletas, medicamentos, etc.). Si el estanciero no guarda productos, es decir, no ahorra, cada año queda sin reservas y es necesario empezar de nuevo a fabricar lo que se va a consumir en el año entrante. Los peones trabajan constantemente y siempre tienen empleo. Pero, si el estanciero, aparte de los productos que separa para su propio consumo, guarda otra parte como ahorro, como ganancia, y este ahorro de productos se acumula en demasía, el estanciero puede decir, en un momento dado: no quiero fabricar nada este año; me arreglo con lo que tengo acopiado de años anteriores. Los peones quedan, entonces, sin trabajo. Y recuperarán el trabajo cuando el estanciero termine de consumir lo que tiene ahorrado. Esto nos muestra que el ahorro del estanciero produce el desempleo de sus peones. Si, en vez de la estancia, ponemos al total de fábricas del mundo, podemos sospechar que es el ahorro de los patrones lo que produce desempleo.
  Si, en vez del estanciero grande, hay varios pequeños que tienen la misma producción, en conjunto, que la que tenía el estanciero grande, se va a producir el mismo ahorro en el mismo tiempo, y los estancieros pequeños van a decir, en un momento dado: no voy a fabricar nada este año. Los peones quedarían, entonces, sin trabajo. Pero a los estancieros pequeños se les acabarían más pronto los ahorros, porque son varios a consumir, en vez de uno solo. Y los peones quedarían desocupados menos tiempo con varios patrones pequeños que con un solo patrón grande.
  Esto nos demostraría que las fábricas grandes producen más desempleo que las pequeñas, y que el desempleo es debido al ahorro de los dueños de las fábricas.
  Cuando las fábricas son pequeñas (PYMES, por ejemplo) las ganancias que obtienen los patrones son utilizadas por éstos en realización de viajes o en darse gustos especiales, de modo que se diluyen y no generan desempleo. En el caso de grandes fábricas las utilidades no pueden ser utilizadas porque son cuantiosas (por

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ejemplo, una PYME puede dar una ganancia de 60.000 dólares anuales, que su patrón gasta en sus consumos habituales, y una gran empresa puede dar una ganancia de 60.000.000 de dólares y el patrón o los patrones no llegan a gastarlos en sus gastos particulares). De ahí que las empresas pequeñas no generarían desempleo y las grandes sí, pero no por mala disposición o por planes preconcebidos, sino a pesar de los esfuerzos que hacen las fábricas grandes y los gobiernos para evitar la desocupación.
  Para el caso de los comercios grandes el argumento es similar: el comerciante grande vende más, por vender más barato, y ahorra más productos, lo que hace que éstos queden en las estanterías, y su consumo personal no alcanza a que consuma lo que ahorra ( es decir, lo que quedó en las estanterías). Esto hace que no solicite al patrón de la estancia (o a los patrones de las estancias pequeñas) la reposición de los productos; éstos se acumulan en las estancias, los estancieros se toman un descanso en la producción y los peones quedan desocupados. Si los comerciantes son pequeños también ahorran, pero consumen más rápidamente lo que les queda en las estanterías y los peones quedan menos tiempo desocupados.
  Sin embargo, está aceptado sin discusión, en la Economía Clásica, que el ahorro de los empresarios es necesario porque se transforma en inversiones y genera fuentes de trabajo. Esto, por lo visto aquí, es discutible. El ahorro, seguido de inversión, produce crecimiento económico, pero no disminuye el desempleo. Es que, durante un tiempo, la ganancia no es reinvertida y durante ese tiempo la ganancia es ahorro. Un caso especial es el de un país industrializado cuyas fábricas fueron destruidas durante una guerra (como el “milagro alemán”) en el que las ganancias fueron reinvertidas inmediatamente, antes de convertirse en ahorros.
  Ergo, si comprar productos de fábricas grandes o productos vendidos por comercios grandes aumenta el desempleo, al comprador le convendría comprar lo fabricado por fábricas pequeñas y lo vendido por comercios pequeños.
  Generalmente, los comercios más grandes venden a precios menores, de modo que comprar en comercios pequeños a mayor precio parece un desatino, pero puede ser que el aumento de

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desempleo producido por comprar en comercios grandes alcance al comprador, no ahora, pero sí más adelante, haciendo que lo que el comprador ahorró lo pierda luego con creces, al estar desempleado.
Nuevamente, la inteligencia se enfrenta al instinto.

Dos comportamientos

  Podemos, entonces, explicar el desempleo y la pobreza en Argentina, en casi todos sus municipios, durante el siglo XX, por medio de dos comportamientos:
1)      Los compradores compran productos manufacturados exteriores.
2)      Los compradores compran en comercios grandes, o los productos que compran fueron fabricados en empresas grandes.
  Puede ser que haya otras causas, pero estamos convencidos de que estas dos son las causas principales.

  Problema:
  ¿Cómo podría encontrarse una apreciación del índice de desempleo en base al ahorro de los patrones, suponiendo que los asalariados no ahorran?
  Nos remontamos al modelo de la estancia. Si el patrón ahorra el 12% de la producción total en un año y este 12% lo gasta en 3 meses, dejará sin trabajo a sus peones durante 3 meses. Los peones trabajarán normalmente 12 meses y quedarán sin empleo 3 meses, o sea que la desocupación será del 20% en promedio. La fórmula para calcular el desempleo será:

 % desempleo = tiempo en que se gasta lo ahorrado en 1 año . 100
                           1 año + tiempo.................................en 1 año                                

  Se ve que no importa lo que se ahorra, sino lo que se tarda en gastarlo.
  Si, en lugar de la estancia, se toma el conjunto de todas las fábricas del mundo, seguiría valiendo la misma fórmula, y el gasto de lo ahorrado en el año se reemplazaría por tiempo que se tarda en invertir lo que se ahorró en el año.

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  Este índice de desempleo no es el mismo que dan las estadísticas estatales. Este índice es el porcentaje de horas trabajadas por los asalariados en relación con el total de productos consumidos por los asalariados. Las estadísticas estatales dan unos índices de lo más fantasiosos como, por ejemplo, que alguien que trabajó una hora durante la última semana no es un desocupado y que, si se trasladaran esos índices a nuestra forma de medirlos se multiplicarían, por lo menos, por 2.
  Como, en Europa, el desempleo ronda el 11%, lo que se invierte en el año sería 8 veces mayor que lo que se ahorra por año, o sea que se tardan 45 días en invertir lo ahorrado en el año anterior.
  Por supuesto, los asalariados a nivel mundial no quedan todos desocupados al mismo tiempo: van rotando.

  Dejar de comprar a empresas grandes podría ser injusto
  El hecho de que un empresario que luchó toda su vida para tener una gran empresa sea dejado de lado por los compradores no parece ser una conducta justa por parte de los compradores. En general se caracterizó, este empresario, por ofrecer productos baratos y de alta calidad y de estar al tanto de las informaciones necesarias para saber cuáles eran los más rendidores pasos a seguir. También podría cercenarse la ambición de personas que esperan formar grandes comercios o grandes fábricas. Pero el problema es que la ambición no quita la necesidad de ahorro que tiene el gran empresario y que es gracias a ese ahorro que puede hacer reinversiones o puede comprar a las empresas competidoras que van quedando por el camino y también a las empresas que no compiten con él, pero que a él se le ocurre comprar. Inclusive, actualmente, ya no son personas físicas los patrones: son directorios que manejan grandes corporaciones y que ahorran y que, además, intentan manejar países enteros con el tremendo poder que tienen (en enero 2005 se calculaba que tenían el 80% del poder en Argentina).
  De modo que el considerar justo o injusto el no comprarles a las grandes empresas no da lugar a discusión, a menos que uno quiera vivir toda la vida con riesgo de quedar desempleado.

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  Hay cosas, también, que hay que tomar en cuenta en el análisis de lo que estamos viendo:
a)  Las empresas grandes juegan un partido y las pequeñas otro, aunque en la Economía Clásica se pretende que juegan el mismo juego. Los poderes de grandes y pequeñas empresas para torcer la sana competencia son muy dispares.
b)  Hay una fábrica grande en la comarca. Orgullo de la comarca. Sostén de la comarca: El dueño la vende a un extranjero, que la cierra para no tener competencia. ¿No hubiera sido mejor tener varias PYMES, que no hubieran sido vendidas así, en lugar de la fábrica grande?
  Además, las empresas grandes llevan a cosas poco favorables a los compradores. Por ejemplo:
  Los supermercados conquistan a los compradores y hacen desaparecer a los negocios pequeños cercanos y luego doblegan a las PYMES proveedoras, que no pueden defenderse vendiendo a los negocios pequeños que cerraron.
  Hacen propaganda por radio y televisión: “Compre en XXXX, que tiene los precios más bajos”. Y es cierto que puede hacer precio. Esta empresa grande desplazará a otras pequeñas, éstas cerrarán sus puertas, y se producirá la concentración económica, que produce desempleo.
  Hay supermercados que favorecen el esclavismo haciendo trabajar a sus empleados 16 horas diarias.
  Unas pocas fábricas grandes tienen el 80% del mercado a pesar de los esfuerzos que hacen las PYMES, que son numerosas, por conquistar a los compradores, los cuales favorecen, sin darse cuenta, a los grandes proveedores.
  Los formadores de precios son empresas grandes o grupos de ellas. Las empresas pequeñas no forman precios, a menos que formen agrupaciones fuertes de tipo mafioso. Las empresas pequeñas se conforman, en general, con un tanto por ciento fijo de ganancia sobre sus costos de producción. Prácticamente no especulan con la formación de precios.                             
  Si para poner un supermercado aportan dinero para obras para lucimiento del intendente y del Concejo Deliberante y luego el

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supermercado arruina a todos los negocios pequeños y aumenta la desocupación y arruina al municipio. Y nosotros le compramos al supermercado porque vende más barato. ¿Estamos comprando más barato, realmente?
  No hay, se ve, razones para privilegiar a los empresarios más grandes, ni aún considerando los esfuerzos que esos empresarios han hecho a lo largo de sus existencias.

  El dinero ahorrado en el banco, aunque éste lo invierta, es dinero ahorrado, porque el ahorrista quiere que se lo devuelvan como dinero y no como productos. Si el ahorrista aceptara productos, ya no sería dinero ahorrado y no se produciría desempleo. Al devolver el dinero al depositante, otra vez están los productos sin vender en las estanterías. En promedio siempre hay productos sin vender.

  Es mejor, para nuestros intereses económicos en general, el albañil o el chapista que viven al día, a pesar de que parezcan pecar de imprevisión, y no el rico que ahorra y que parece un modelo de previsión. Porque el ahorro genera desempleo.

  Es idea arraigada en la Economía Clásica  que si el patrón no ahorra no reinvierte y el obrero queda desempleado. O sea que hay que dejar que el patrón gane todo lo posible para que el obrero tenga trabajo. Choca frontalmente con nuestras convicciones.

  La actividad narcotraficante produciría mucha desocupación porque los narcos tienen mucho dinero ahorrado.

  En los “paraísos fiscales” hay ahorrados 5 billones (5 millones de millones) de dólares, lo cual muestra que quienes dicen que el dinero ahorrado se invierte enseguida pecan de optimismo exagerado.

  Los grandes capitalistas argentinos llevan sus capitales al exterior (ver, en “diccionario”, “efecto Luciano”). Cuando se

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trató de hacer crecer las empresas para obtener esos  capitales (ganancias de las empresas) se luchó hombro con hombro con los obreros y se obtuvieron esos capitales pensando, tal vez, en reinvertirlos para el bienestar de todos pero, llegado el momento, el invertir en el exterior resultó más tentador y, empobreciendo al país y generando desocupación, se enviaron esos capitales al exterior. Reconocemos que el que ganó dinero dentro de la ley tiene derecho a depositarlo donde le parezca más conveniente, pero pusimos este ejemplo para que se viera que el que progresa puede olvidarse del que lo ayudó. No es un acto de maldad, sino la muestra de una característica del proceder humano. Por eso ayudar a crecer a las grandes empresas podría ser peligroso para el comprador, sobre todo para el comprador pobre.

Comprador común y comprador inteligente

  Definiciones de “comprador común” y de “comprador inteligente”
  El comprador puede, entonces, comportarse de dos maneras:
a)      Comprando cualquier producto, sin hacer distingo de procedencia o de grandor de proveedor, tomando en cuenta el precio, tratando de que éste sea mínimo, y la calidad, que tratará de que sea máxima.
b)      Comprando considerando procedencia y grandor del proveedor, tratando de no provocar el aumento del desempleo.
  Al primer tipo de comprador lo llamaremos “comprador común”, y al segundo “comprador inteligente”. El primero no relaciona su compra con el desempleo y con la pobreza del país y de sí mismo. El segundo sí las relacionaría.
  El “comprador común” utiliza dos parámetros:
 a) Precio (el menor posible)
 b) Calidad (la mayor posible)
  El “comprador inteligente” utilizaría, en sus compras, cuatro parámetros:
a)      Precio (el menor posible)
b)      Calidad (la mayor posible)


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c)      Cercanía del fabricante (lo más cercano posible)
d)      Grandor del fabricante y del comercio (el más pequeño posible)
  El orden de prioridad para el “comprador inteligente” podría ser c-d-a-b, o sea
c)      Cercanía del fabricante
d)      Grandor del fabricante y del comercio
a)      Precio
b)      Calidad
con lo cual lograría bajar el desempleo de su municipio y disminuiría la probabilidad de quedar, él mismo, desempleado.
  Tal vez un ejemplo de “comprador inteligente” (a la fuerza) fue el de los argentinos desde 1943 hasta 1948, en que comprábamos casi exclusivamente productos nacionales (no había más remedio, porque lo extranjero casi no existía a causa de la guerra, que involucraba a nuestros tradicionales países proveedores y no les permitía tener excedentes exportables). En ese tiempo se agrandó mucho nuestra industria y no había desempleo, lo cual habla a favor del “comprador inteligente”. (Hubo, debemos aclararlo, otras cosas que ayudaron a la prosperidad, como el aumento de las exportaciones a los países en guerra).
  Debemos reconocer que el “comprador inteligente” sería, en caso de existir, mucho más limpio que un político o que un sindicalista. Su accionar sería secreto, individual y, “comprando local y al proveedor más pequeño”, hasta podría perder algo de dinero. Más no se puede pedir.

Para llegar al comprador inteligente

  Aproximaciones sucesivas para llegar al “comprador inteligente”
  Podemos decir que comprar, tomando en cuenta sólo precio y calidad de un producto, es una primera aproximación a la compra conveniente. Agregar proximidad del fabricante y grandor de éste y grandor del comercio en que se compra es una segunda aproximación.
  Aproximaciones sucesivas
  Cuando se toma una decisión con respecto a algo que no se conoce bien, diremos que se realiza una “primera aproximación”.

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Ejemplo: comprar por primera vez un producto de cuya calidad no se tienen referencias bien fundadas. A veces se escuchan quejas. “Si yo hubiera sabido...hubiera procedido en otra forma”. Creemos que sería mejor que dijera: “No sabía lo suficiente, y procedí en la forma que me pareció más apropiada. Fue una primera aproximación. La próxima vez que me encuentre  en situación similar tomaré una decisión más adecuada, basada en la experiencia adquirida en la primera aproximación. Será una segunda aproximación”. Tras la segunda aproximación viene una tercera, cuarta, quinta, etc. aproximaciones que van mejorando la precisión en la toma de la decisión más acertada.
  A este conjunto de aproximaciones lo llamamos “aproximaciones sucesivas”.

  Ejemplos históricos relacionados con “compradores inteligentes”
  Podemos brindar ejemplos históricos en los que hubo actores parecidos al “comprador inteligente”:
  En el primer gobierno del Gral. Perón (1946-1952) se compraba casi exclusivamente nacional (no había más opción, porque los productos extranjeros casi no existían a causa de la guerra) y a esto se sumaban otros efectos que, por ahora, no vamos a considerar. Se generó, así, un “compre nacional”, que era automático y para el que no se necesitaba proceder como “comprador inteligente” porque no había otro remedio. Esto incrementó mucho la producción local en Buenos Aires y se vivía muy bien: muchas familias humildes pudieron hacerse sus casas propias, ya sea con sus sueldos o ayudadas por el Banco Hipotecario Nacional, que otorgaba créditos a pagar en 30 años. El hecho de que era “compre nacional” y no “compre local” tuvo importancia: hizo crecer a la Argentina, pero no a las localidades del interior. Crecieron mucho la Capital y el Gran Buenos Aires, que eran los lugares donde se instalaban la mayoría de las fábricas. Esto hizo que muchos provincianos y también muchos inmigrantes se establecieran en Capital y Gran Buenos Aires y aparecieran las llamadas “Villas Miseria”. A nuestro entender, en el bienestar primó más el “compre nacional”

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que la estrategia económica instrumentada desde el gobierno, lo cual se pudo apreciar en los años 1950 en adelante.

  Otro ejemplo:

  La guerra del opio fue declarada informalmente a China por Inglaterra en el año 1838 debido a que el gobierno chino impedía entrar en China el opio que los ingleses producían en India. ¿A qué se debió esta guerra? Según nuestro modo de ver se debió a la conducta de los consumidores chinos de opio. Si éstos hubieran advertido a los ingleses que no iban a consumir opio hindú bajo ningún concepto, el opio hindú podría haber ingresado a China sin que se consumiera un solo gramo y  para los ingleses no hubiera tenido sentido esa guerra.
  Casi se podría decir que los consumidores de opio hindú consideraron a los ingleses como benefactores. Actualmente, la lucha contra el narcotráfico, con todos sus dramas y todas sus muertes, de narcos y de policías, es debida exclusivamente a los consumidores de drogas, los cuales agradecerían entusiasmados a quien lograra una rebaja de precios de la droga, aún cuando ello involucrara una guerra. ¿Y cómo se podría confiar, entonces, en que los compradores pudieran lograr tener una conducta que mejorara la situación de los desempleados? Estos consumidores de drogas no podrían transformarse, nos parece, en “compradores inteligentes”, como tampoco parecían poderlo hacer los consumidores chinos de opio del tiempo de la “guerra del opio”.
  En la Guerra del Opio los compradores chinos de opio se aliaron, técnicamente, a los ingleses (tal vez les agradecieron la guerra, porque así tenían la mercadería que ansiaban gracias a un comercio más libre).
  No hay, técnicamente, diferencia entre el uso de teléfonos celulares a los que nos acostumbramos y el fumar opio al que se acostumbraron los chinos que citamos anteriormente. El resultado sería el mismo si nuestro gobierno quisiera restringir el uso de los teléfonos celulares: tendría el gobierno dos contras: la de los países que nos venden los celulares y nos venden el servicio telefónico y la de los usuarios argentinos. ¿Tiene salida esto? La tendría únicamente si los compradores admitieran que esas compras son

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agradables, pero que no las puedan hacer porque les hace mal económicamente. ¿Podrían los fanáticos de los celulares transformarse en “compradores inteligentes”, y ayudar a que Argentina progrese? Lo vemos difícil.
  Se produjo un caso similar al de la guerra del opio con la llamada “ley seca” en EEUU, en que el Estado intentó impedir el comercio entre los consumidores de alcohol y los proveedores de bebidas alcohólicas. Se produjo una verdadera guerra. Igualmente sucede ahora con los narcotraficantes y los drogadictos y los Estados que quieren entrometerse.

  Técnicamente
  El vocablo “técnicamente” se emplea en este libro para indicar que un efecto está relacionado con una causa, pero de tal modo que esa causa no produce directamente ese efecto. Ejemplo: “técnicamente perdió la pelea cuando decidió dejar al púgil contrario el dominio del centro del ring”.
  Según nosotros, “técnicamente los pobres crean su propio desempleo al enriquecer a los ricos con sus compras”.
  “Si dos personas de distinto sexo viven juntas, técnicamente están casadas”.

  Otro ejemplo:
  El Mahatma Gandhi, en l921, exhortó a sus compatriotas hindúes a no comprar telas fabricadas en Gran Bretaña (India era, en ese entonces, colonia de Gran Bretaña). Y esto fue la introducción de un cierto “compre local” en India. Se limitaba a la tela para hacer vestimentas, que, hasta entonces, era fabricada en Inglaterra y se consumía en India. Gandhi atribuía a que los hindúes compraran tela importada la principal causa de miseria de los hindúes. Era bastante cercano al “compre local” porque propugnaba la fabricación casera de la tela. Era tan local que las fábricas estaban en las propias casas.
  Si Gandhi lo logró en India, podría ser logrado en otros lugares. No nos parece, sin embargo, tan fácil: téngase en cuenta que Gandhi era Gandhi, e hizo eso con un solo producto, no con todos.

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  Luego se produjeron complicaciones y el mismo Mahatma Gandhi solicitó a su pueblo que dejara de lado ese “compre local”. No parece haber planteado este líder un conocimiento más profundo de la Economía que llevara, al menos, al “comprador inteligente”.
  Otro ejemplo:
  Las Invasiones Inglesas al Virreinato del Río de la Plata se produjeron en 1806 y 1807 y se hicieron con el pretexto de romper el monopolio comercial español y brindar a los habitantes de las colonias del Río de la Plata productos en condiciones más ventajosas (productos fabricados en Inglaterra o en sus colonias). Indudablemente se hicieron considerando que los habitantes de estas colonias del Río de la Plata eran “compradores comunes”. Si estos habitantes les hubieran hecho saber que sólo consumirían productos españoles o productos fabricados localmente, seguramente las “invasiones inglesas” no se habrían producido. Esto parece muy simplificado, pero lo que expusimos es lo que decían los ingleses: “deben estas colonias beneficiarse con el comercio libre”. Y querían, realmente, los habitantes de esta colonia los productos ingleses. Por eso los ingleses volvieron alrededor de 1827, con empréstitos, que son otro tipo de invasión.
  Todos estos ejemplos nos demuestran que nunca hubo “compradores inteligentes” y que, de haberlos habido, la Historia de los dos últimos siglos podría haber sido distinta.

Países bananeros

  Países bananeros
  Llamaremos país bananero al que exporta, principalmente, productos primarios y consume, preferentemente, productos manufacturados importados.
  Podemos intentar definir el grado en que un país es bananero. Es 100% bananero el país que exporta sólo materias primas y ningún producto elaborado y que todos los productos elaborados que consume son importados. Ejemplos claros de estos países son los de América Central. Fue debido a ellos que se originó el calificativo de bananero. Argentina, durante el decenio 1990-2000 aumentó mucho su bananerismo, sobre todo por la facilidad de comprar productos importados caros, como computadoras,

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videocaseteras, etc. Se consumieron, también, productos importados que no parecen serlo, como viajes turísticos al exterior.
  Podemos tratar de crear una fórmula para medir el bananerismo:

                    Bananerismo % = 100 * monto de productos importados / monto de productos consumidos

  Si un país consume todo importado y nada nacional, entonces el monto de los productos consumidos iguala al de productos importados y la fórmula anterior da un bananerismo 100.
  Esta fórmula brinda una primera aproximación, pero sería necesaria una mejor fórmula para calcular el índice de bananerismo, porque un país que consume mucho producto importado pero exporta tanto o más de producto propio no es bananero y según la fórmula anterior, sí lo sería.
  La siguiente fórmula podría ser más adecuada, y constituiría una segunda aproximación:

  Bananerismo % = 100 * (monto de productos importados – monto de productos exportados) / monto de productos consumidos

  Así, si el monto de productos consumidos iguala al de productos importados, pero es también igual al de productos exportados, esta segunda fórmula da 0, que es correcto, mientras que la primera seguiría dando 100, que no lo es. La segunda sería, entonces, más ajustada a nuestro sentido común.
  Un resultado negativo indicaría una envidiable industrialización.
  Faltaría precisar bien cual es el significado de “producto consumido”. Consideraremos como tales a los productos que se adquieren por medio de dinero o por trueque, pero no a los que se fabrican para uno mismo. A los giros de ganancias de empresas extranjeras al exterior los consideraremos como productos importados. 
  El paralelo entre los habitantes de las naciones bananeras y los asalariados de los obrajes es dramáticamente el mismo: compran lo

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que les da la metrópoli (el obraje) y se endeudan  cada vez más, por “servicios” que la metrópoli (el obraje) les mete (nuestros “servicios” son todas las novedades tecnológicas (teléfonos celulares, etc.)).
  Argentina fue, desde sus comienzos, un país casi totalmente bananero (después de la Revolución de Mayo en la Argentina la gente compraba los productos ingleses, mientras nuestros artesanos se fundían). Dejó de serlo, un poco, durante las dos guerras mundiales, sobre todo durante la segunda, en que el bienestar del asalariado argentino creció mucho. La razón de este bienestar la centramos en que se incrementó el consumo de productos locales, ya que no había importación de manufacturas a causa de que los países de los que importábamos esas manufacturas estaban en guerra y dedicaban todos sus esfuerzos a la guerra.
  En general, toda Latinoamérica fue siempre muy bananera. Brasil es el país que ha hecho el mayor esfuerzo últimamente en industrializarse y exportar productos manufacturados, aunque a Latinoamérica solamente.
  La división que nos parece más adecuada para diferenciar los países es en bananeros y antibananeros. Las divisiones actuales, en primer mundo, tercer mundo, en vías de desarrollo, emergentes, etc. son demasiado imprecisas. La disminución en el índice de bananerismo promete ser el parámetro más adecuado para definir el grado de adelanto de un país.
  El primer paso para construir un país bananero es tener un dirigente que quiera vivir con las comodidades de que disfrutan los ricos de la metrópoli.
  Indicios de que el país se va a transformar en bananero: a) el gobierno quiere hacer obras faraónicas con créditos externos o con las privatización de sus empresas estatales. b) se abren las aduanas “para modernizar la economías y mejorar la competitividad de las empresas de capitales nacionales”. c) se piden créditos para cualquier cosa (construcción de escuelas, de hospitales, de caminos) pero no para crear fábricas.
  Para oponerse a un gobierno bananero lo primero sería no comprar nada importado.

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  La guerra de secesión norteamericana fue entre los antibananeristas del norte y los bananeristas del sur. Ganaron los antibananeristas del norte y eso hizo que EEUU se transformara en un gran país industrial.
  NAFTA significó que EEUU se hizo más antibananero y Méjico se volvió más bananero. 
  ALCA significaría que el país industrializado del continente americano sería EEUU y toda América Latina sería totalmente bananera.
Para un país antibananero no hay nada mejor que el que todos los demás países sean bananeros. Cuantos más lo sean, mejor. No es de creer que un país antibananero se esfuerce por ayudar a países atrasados. Pretender que un país industrializado ayude a industrializarse a países bananeros es lo mismo que pretender que el poseedor de un harem ayude a transformarse en hombres a todas sus mujeres.

  Generalización a otras regiones bananeras
  La definición de países bananeros y antibananeros podría extenderse fácilmente a provincias, departamentos y municipios. Por ejemplo, un municipio totalmente bananero sería el que exporta sólo materias primas y consume sólo productos manufacturados fabricados fuera del municipio. Para calcular su índice de bananerismo se podría utilizar la misma fórmula corregida que se aplica a los países. Parece haber una correlación entre índice de bananerismo y estructura política feudal. Se nota en nuestras provincias más atrasadas: producen agropecuarios o minerales y casi no tienen fábricas y son netamente feudales. La democracia sería hija de la estructura industrial, es decir, antibananera. De aquí se deduce que los países no industrializados difícilmente tengan gobiernos democráticos estables.
Lo dicho para los países se generaliza a los municipios: para tener un municipio bananero el primer paso es tener un intendente que quiera vivir con todas las comodidades posibles, no importa a qué precio.

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  Para poder hacernos una idea de la influencia que tendría el “comprador inteligente” en una región bananera supondremos que todos los habitantes de esa región se transforman en “compradores inteligentes”. O sea que preferirán los productos fabricados en la región a los fabricados fuera de ella. Al principio, como no hay fábricas dentro de la región, los compradores se verían obligados a comprar productos exteriores, o bien productos con poca manufactura incorporada, pero, sabiendo que lo fabricado dentro de la región tiene demanda segura, algunos compradores, los que manejan más el proceso secundario, tendrían tentación de fabricar cosas. Esto haría que hubiera gente ocupada como asalariados de esas fábricas internas. Aumentaría así la demanda y permitiría la reinversión de las utilidades y el agrandamiento de las fábricas (recuérdese que más que agrandarse en tamaño se multiplicaría el número de fábricas porque el “comprador inteligente” le compraría a la fábrica más pequeña preferentemente). Vemos que tendería a industrializarse la región. Un problema importante sería conseguir materias primas para los productos: podrían ser locales, lo cual no traería problemas, excepto que los dueños locales, que podrían ser oligarcas, desabastecieran, y podrían ser exteriores, lo que obligaría a cambiarlas, ya sea por las materias primas que se venderían normalmente fuera de la región o por productos manufacturados locales. Podría ser que el que produce las materias primas que se exportan viera afectados sus intereses por la producción de productos locales, porque le impedirían traer productos exteriores, negocio en que es probable que estuviera involucrado.
  De cualquier manera, aunque todo quedara por la mitad, la presencia de un cierto porcentaje de “compradores inteligentes” industrializaría la región. Esto reduciría el porcentaje de bananerismo y, por ende, la pobreza.
  No importaría sólo que los compradores fueran  “inteligentes”. Interesaría que los funcionarios, las fuerzas vivas, etc., supieran si les conviene traer cosas de otros municipios o no, y hacer que conceptos como “aumento de consumo”, que se toman como

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sinónimo de progreso, dejen de ser tenidos en cuenta y que poner palos en la rueda a lo que viene de afuera fuera más valorado.

  Cálculos de índices de bananerismo de diversos países, provincias y municipios.
  Dejaremos en suspenso los cálculos de índices de bananerismo. Cualitativamente se observa una sensible correlación entre bananerismo y pobreza municipio por municipio.

  Si el índice de bananerismo se publicara periódicamente, el “comprador inteligente” podría saber si su esfuerzo rinde frutos.

  En los programas oficiales docentes no se fijan perfiles de los educandos que, suponemos, debieran ser, ante todo, antibananeros.